28 de Octubre, 2005
roberto fontanarrosa
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no es cuento y es cuento... tal vez como reflexion incluso sea mas clara...pedazo d erealidad, clase de marketing sin cortapisas... grande el rosarino!
PUTO EL QUE LEE ESTO* *Por Roberto Fontanarrosa Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora. Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald. Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés. No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo. El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones. "Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos. Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano. Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano. Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros –le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado. No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas. De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja. "Puto el que lee esto." John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés. Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola". Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos. No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo.
tomado de inventiva social.
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 17:34, Categoría: cuento
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videohabitats en bs as
un espacio adentro de otro
11 de Noviembre 2005, de 19 a 23 hs
en
Espacio Giesso
Cochabamba 360. San Telmo.
Es un espacio que esta mas allá de las paredes, esta hecho de imágenes, palabras, de acciones y de sonidos. Cada televisor, cada pantalla, cada proyección, cada artista, crea su propio ámbito, su propio hábitat.
Es una experiencia, un laboratorio, y todo va a ocurrir de forma paralela y simultanea, y el espectador va a poder hacer su propio zapping circulando por los distintos espacios, donde lo real y su imagen interactúan retroalimentándose y que los mismos espectadores, con los artistas, puedan estar adentro de lo que esta pasando.
Participan:
"VideoBardo" archivo de videopoesía internacional, con entreactos de perfomances de Daniel Acosta, Gabriela Alonso, Nelda Ramos, Calixto Saucedo y Claudia Ruiz Herrera. SOSZONA
"Canal Cero", el canal repentino de Joaquín Amat, funcionara como un estudio televisión experimental, de circuito limitado y acceso restringido, que trasmitirá en vivo y en directo, perfomances de Guadalupe Neves, Veronica Alocatti, entrevistas, acciones, conexiones, y hará un registro de toda la experiencia y con la particpacion de Mariana Cambre y Monse Amat.
"Texturas", una obra sonora y visual, continua, de Emilio Sminck...
"Ficciones" es un espacio zapping, donde se proyectaran alternadamente, cortos programados por Alejo Grau, video y música experimental de Joan Prim y perfomances de Javier Sobrino y Sonia Tobal.
"Video a la Carta", es otro lugar con una cassetera y un televisor, donde los espectadores también podrán llevar y presentar sus propios videos.
"Bardo" con lectura de poetas invitados coordinado por Norma Fumero y también micróbierto abifono.
"El patio", en el aljibe una video instalación de Javier Robledo. Un video escultura de Alberto Sarli. Una serie de fotos de la televisión de Gimena Passadore.
"Poesía al Toque", una cartelera, un espacio abierto, en blanco, con un marcador, donde cada uno pueda dejar algo escrito y quede abierto para que lo siga otro. Poesía inicial Cayetano Vicentini.
Entrada libre y gratuita
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 17:31, Categoría: General
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angeles charlyne, argentina
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El descanso de los libros muertos
Eulogia cerró el libro, la tapa roja y áspera le guiñó cómplice, pareció prenderse fuego como la noche que, envolvente, había provocado sensación de pesadez en la mirada.
La manzana roída sobre el plato de loza fina - recuerdo de familia -, comenzaba a amarronarse, como la vieja enredadera del jardín, que se resistía a morir sobre el cuerpo de la tapia.
Por la persiana entreabierta, entraba un aire tibio, abrumador. La mujer se incorporó del sillón para seguir el hilo de vaho. En el parque, los grises acompasaban fríos, profundamente dormidos sobre la tierra.
Arriba las nubes acompañaban similitud de tonos, como si una batalla celestial y campal, se hubiera instalado entre espacio y suelo.
De pie, aferrada ahora al marco de la ventana, notó que la oscuridad se había tornado más silenciosa, “los ángeles están aquí por agua”, pensó, mientras su lengua se asomaba y la mente acariciaba otros pensamientos.
Recordó que la última jarra de agua, había sido consumida, por lo tanto debería ir hasta al aljibe para reponerla.
Tomó la vela, que aún sobrevivía sobre la mesa de madera rústica y se dispuso a cruzar el largo corredor de cemento y piedra, gastado de pasos encontrados y vueltos a perder.
La casona de la estancia que habitaba, propiedad de antepasados, había circulado como una prenda de hijo a hijo y llegado finalmente a su poder; finalmente, porque Eulogia no tenía sucesores; sus seis hijos, según se rumoreaba en el pueblo, habían desaparecido misteriosamente, cuando un vendaval de acerada lluvia, descargó implacable su furia.
Eran muy niños para entonces, cuando fueron sorprendidos jugando escondidas.
Saturnino, su padre, no halló consuelo hasta el momento que también la vida le abandonó la respiración. Triste, inerme, con el corazón herido por el infortunio, se dejó vencer sin pelear.
El carro que conducía cayó al barranco. Saturnino sabía defenderse contra adversidades, como un delfín dando volteretas sobre el aire, pero aflojó el vuelo, para adentrarse de lleno, clavándose en las profundas y sucias cobijas, que abrigaban las aguas del estanque.
El cuerpo del hombre nunca apareció, igual que los de las criaturas.
Los años habían dejado huellas inevitables, irreversibles, sobre la figura y el rostro de Eulogía; aquella mujer bonita había pasado a ser muestrario del olvido.
Su piel arrugada y fofa, parecía temblar sobre una carretera donde, muchas veces, el paso de algún hombre se dejó seducir, preso de un paisaje aterciopelado, sugerente, fresco y vital.
Ella afinó la memoria, como a un violín, tirando hacia atrás, desprejuiciada, la larga cabellera blanca sobre el lunar peludo de su espalda, inquieta marca de los señalados. Una confusa nota se elevó, perturbándola, como el pie desnudo marcando pasos.
Satán, el perro de la finca la siguió fiel, lamiendo sus dedos. Ella le convidó un terrón de azúcar, que extrajo, de uno de los bolsillos de la larga falda negra; “Satán” agradeció, moviendo la cola y ladrando la noche
Una pantera negra y un búho blanco, se erigían, a los costados del sendero, adornándolo marmoladamente inmóviles, como centinelas absurdos de la vida, que palpitaba verde ocre.
Eulogía pasó al ras de las estatuas, extendiendo su mano libre y rozando el lomo de la fiera, que moría con el rugido de otro silencio.
“Los ángeles regresan” pensó nuevamente, al llegar al aljibe y ver seis cabecitas rubias detenidas en el tiempo, que asomaban anunciando: “el que no se escondió se embroma”.
La mujer rió sarcásticamente, dándoles una despedida apresurada, con puñetazos firmes que lograron sumergirlos.
Colocó la vasija, tiró de la soga como enarbolando una bandera, que no era precisamente de paz y marchó salpicada, con la conciencia inmutable, rumbo a la casa.
La vela se apagó en el camino. La oscuridad era total como la que envolvía la vasija dentro del pozo, pero no fue grave para ella; entró, segura y precisa como llave en puerta nueva.
Tomó el libro que yacía aún caliente, fraguado de espanto, bruñido de horror.
Su índice recorrió cada página largamente; luego deslizó el señalador hasta llegar a la última, ansiosa por saber el final.
Un rayo, compañero de otras tormentas, iluminó la hoja lacerándola, como un bisturí sobre cuerpo abandonado, que indicaba:
Ve a la página uno.
La mujer, fiel devota y súbdita de la oscuridad, obedeció y comenzó a leer:
....¡ Tendrás que seguir matando!... pero ahora de atrás para adelante Deberás situarte atemporal, retrocediendo siglos, devastando generaciones. Después que todo acabe... no tendré más hambre, podrás abandonarme sobre el estante del olvido, donde descansan los libros muertos.
Eulogia mordaz en el gesto, selló el pacto cuando su piel ganó brillo y juventud. Eterna como una estrella, se obligó a seguir el camino libre de atavismos y plena, a pesar que seguían llorando ángeles.
Angeles Charlyne
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 16:49, Categoría: cuento
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gabriel impaglione, cuando ellos dicen america
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Cuando ellos dicen América
Cuando ellos dicen América es distinto.
No es la América de Bolivar y San Martín,
de Martí, Sandino, Ernesto Che Guevara,
la bella de Zapata, de Prestes, de Mariáteguy,
la América de nuestros abuelos de los barcos,
la América raíz de nuestros pueblos originales.
Es distinto cuando ellos dicen América.
No es la América del Canto General,
la América que late Rulfo, Cortázar, Sabines,
Elvio Romero, Manuel del Cabral, Amado.
La América Nicanor Parra, Mario Benedetti,
la García Márquez, la Dalton, la Tuñón.
La América Quetzal Coalt, la Pachamama
América doncella y perfumada.
Cuando ellos dicen América dicen mío,
dicen expoliación y bala y artilugio,
cuando dicen América dicen patio trasero,
mercado de usados, plantío plástico.
Cuando ellos dicen América es distinto.
No suena a río, a domingo en la ribera,
a tréboles y albahaca o caserío, no dicen
andamio, futuro, pan, pizarra mágica
donde se desvelan las preguntas.
No dicen dignidad ni dicen patria.
Suena distinto. Dicen feudo, colonia,
títere, usura, muerte, dictadura, dicen
sucursales del imperialismo.
Cuando ellos dicen América es distinto.
América son ellos, el resto es baldío.
Les queda fuera del alcance de las manos,
de los misiles y las naves espaciales
el solitario vuelo del cóndor,
la inexorable aurora donde anidan las palomas.
Gabriel Impaglione
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 16:39, Categoría: poesia
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Nuevo libro del taller del Poeta, galicia...
EL TALLER DEL POETA
Fernando Luis Pérez Poza
publica
el libro de poemas
KARMA SENSUAL
Antología de Relatos Eróticos
compilados por Carmiña Cándido Daverio
KARMA SENSUAL
Antología de Relatos Eróticos
compilados por Carmiña Cándido Daverio
KARMA SENSUAL
Antología de Relatos Eróticos
compilados por Carmiña Cándido Daverio
KARMA SENSUAL
Antología de Relatos Eróticos
compilados por Carmiña Cándido Daverio
de los autores
Carmiña Cándido Daverio
Javier Muñoz
Lucas Debonnet
Israel A. Benavides Sosa
Roberto Hugo Mazariche
Marianela Edit Alegre
Fernando Lobaina Quiala
José Iskandar
Mª Ángeles Cantalapiedra Miguel
Saturnino Rodríguez Riverón
José Ignacio Valenzuela
Elsa Levy Vázquez
Rosa Margarita Hernández
ISBN-84-96572-11-0
con ilustración en la cubierta de Diego Fabeiro Rey
Todos los libros editados por EL TALLER DEL POETA se pueden adquirir y abonar con tarjeta desde la web.
Prólogo:
Desde un principio, me propuse la obligación de darle un prólogo a este libro, pero no pensaba que lo debería hacer yo (introduzco de esta forma mis disculpas o un pedido de conmiseración).
Es bien sabido por todos que soy mujer de pocas palabras, corto entendimiento y escasa capacidad de concentración; falencias equilibradas gracias al poder de la sensualidad que me fue concedida. Dicha sensualidad empapa cada estrato de mi vida personal, social y literaria, por lo tanto, es comprensible el hecho de haber aceptado con ligereza y naturalidad el reto lanzado por Israel Benavides cuando me escribió jocosamente el jueves 5 de mayo del 2005 a las 21.00 horas en el foro de Escritura Creativa:
“Hola Marta
Me he reído a mares con tu mensaje sobre los concursos y el sexo. Como decimos en Cuba, "eres la pata del diablo”. POR QUE NO CREAS TU PROPIO CONCURSO EROTICO??? ... te prometo que voy a participar
Saludos
Israel”
Entonces me puse manos a la obra, pero en un principio todo nació (como lo expliqué en las bases del concurso) gracias a una idea de Sonia Aldama, en el Foro ya nombrado, quien recomendó escribir acerca de los siete pecados capitales impulsada por un anterior debate-discusión desarrollado entre algunos miembros de dicha lista. Javier Muñoz y yo, Carmiña Cándido Daverio, decidimos expresarnos en forma conjunta sobre la Lujuria a Cuatro Manos y, a medida de que nuestro relato cobraba vida, me surgió la necesidad de hacerlo público.
Encontré apoyo en Israel, Fernando Lobaina y Fernando Luis Pérez Poza (a quienes estoy agradecida) y así llegó a materializarse ese “sueño erótico” individual que se convirtió en uno colectivo donde cada uno de los autores puso su grano de arena para lograr entre todos una visión grupal del erotismo, ese sentimiento tan inherente a la especie humana.
Los invito a leer los trabajos seleccionados para integrar este libro.
Carmiña Cándido Daverio.
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 16:36, Categoría: libros recibidos
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Adriana Alarco de Zadra, peru
Desde la Luna por el Arco Iris
Adriana Alarco de Zadra
Un hecho inexplicable presagió la próxima llegada de un ser extraordinario. Fue la tarde cuando trajo el viento tantas flores amarillas que tapizó las calles y los escalones de piedra. Atoraban y cubrían plazas, casas y techos hasta que tuvieron que sacarlas en pailas de la capital de este reino enclavado en la ladera, en medio de una verde inmensidad, y echarlas al río.
Al día siguiente de tan asombroso acontecimiento, observé bajar por las aguas la piragua más grande que jamás había visto, con anchas velas blancas que llamaban el viento, la cual, posiblemente, era la misma de la que hablaba mi madre Conorí. Esa misteriosa embarcación, en sus sueños repetidos, llegaba de la Luna navegando sobre el río del cielo que es el Arco Iris hasta las tierras de los marañones.
A lo lejos los tambores anuncian el arribo de extraños personajes. El tun tun avisa, por los recónditos caminos de la selva, que llegan seres tan brillantes que ciegan los ojos si el sol se refleja en ellos. No tengo duda de que son aquellos que vienen de la Luna. Sus cuerpos proyectan la luz como las estatuas del templo de la diosa.
En estas montañas, donde se confunde la intrincada vegetación que cubre el cielo azul, vivo en el reino de mi madre, reina de la selva, donde me ha educado en el arte de la guerra, a usar el arco, las flechas, las cerbatanas y las hondas y a montar animales salvajes, peludos y patihendidos.
Sobre uno de ellos me he acercado a un lugar de vigilancia para divisar el río, por el sendero suave y seguro, cubierto de cáscaras de huevos de tortuga y contenido por muros a ambos lados. Aunque cada cierto trecho se encuentra un puesto de guardia, no debo dar cuenta de mis actos a ninguna de las vigías pues yo soy Naín, hija de la reina, y puedo viajar por donde quiera.
Ya me advirtió Cara, guardiana del templo, que tuviera cuidado de no encontrarme con los hombres de Couynco, el poderoso cacique que vive en perpetuo combate con mi madre por la soberanía de las orillas de los ríos y las islas. Pero soy astuta y cruel. Si se me acerca alguno, lo descabello o lo degüello con la piedra afilada que llevo siempre en la cintura. Aún no he presentado batalla y la única herida que me he procurado ha sido cuando caí por un barranco, pero nunca es tarde.
Las guerreras, precedidas por mi madre Conorí, defienden el extenso reino en feroces batallas contra el cacique, pero yo no estoy lista todavía. Sólo ayudo a preparar los cuerpos cuando ya están muertos. Al hacer prisioneros a sus hombres, los que no se usan para tener descendencia, se cocinan y se comen para heredar su fuerza.
No creo que podamos hacer lo mismo con los dioses que vienen en la piragua grande porque llevan una dura cáscara metálica. He visto acercarse sigilosamente hacia la embarcación que se ha detenido en esta orilla, a dos guerreros de Couynco. ¡Sus flechas rebotan sobre el pecho de los dioses y un rayo de sol los ha matado con estruendo!
Debo avisar a mi madre que se ha cumplido su sueño y su presagio. ¿Serán amigos nuestros? Pero, ¡me han visto! Veo subir a uno por el sendero que llega desde el río. Preparo mi lanza afilada y tengo a mano la flecha en cerbatana. Brilla como la luna en noche oscura, lleva en las piernas cueros y en la mano una lanza que no es de caña sino más bien, de plata. Es un ser extraño que seguramente viene de lo más alto de los cielos. Se expresa en una lengua complicada que no entiendo. Mi madre me ha prohibido hablar con hombres pues son todos traicioneros pero no me ha dicho que no debo hablar con dioses que bajan por el Arco Iris hasta el río. Me quiere empujar por el sendero y me resisto. No dejo que nadie me toque, ni las mujeres en el reino, pues yo soy Naín, hija de Conorí. Veo que espera y su cara cubierta de cicatrices y de pelos se transforma con una sonrisa. No le tengo miedo y camino delante de él sólo por curiosidad. Voy a conocer a los seres que han llegado de la Luna.
Al subir a la piragua veo que los personajes son extraños y uno de ellos habla en mi lenguaje. Los acompaña un hombre emplumado pero no es guerrero y es de otras tierras de esta selva inmensa. Seguramente les ha enseñado mi lenguaje. Retrocede espantado cuando yo me acerco y se escabulle. El agua en la cacerola arde sin fuego bajo el sol y los seres comen guacamayas con sabor a almizcle. Veo que han pescado un peje puerco.
Hay otros tres individuos cubiertos con láminas de plata y cascos de metal.
El sudor baña sus mejillas a pesar de que son dioses. Quien habla para que le entienda, no tiene pelos en la cara ni cáscara de plata, pero sus cabellos son dorados por lo que presumo debe ser hijo del Sol. Telas gruesas le cubren las piernas y lleva cueros en los pies a pesar del calor que nos sofoca. Usa una camisa de algodón como no he visto antes. Jamás estuve tan cerca de un hombre vivo, aunque sea un dios, porque no me deja mi madre participar en las batallas y cuando traen varones a la capital, o están muertos o me esconden para que no me vean.
Me explica que están buscando un lugar donde hay piedras preciosas y mucho metal fino como oro y plata y que si conozco el tal Dorado. Yo sí sé adónde queda pero no voy a decirlo. Es un secreto del reino Conorí. Cuando tratan de tocarme me defiendo y a uno de ellos casi le atravieso el ojo con mi lanza. No me gusta que nadie se me acerque aunque sea un dios.
A la distancia, le pregunto al que habla si son dioses y me dice que él no lo es, por lo que me entra cierto resquemor y preparo cerbatana y lanza ya que nunca hay que fiarse de los hombres pues también los dioses pueden ser muy mentirosos.
Me habla lentamente y me explica que se había enterado de un pueblo lleno de mujeres hermosas y no cejaba en su intento de encontrarlas. No voy a indicarle el camino antes de tener permiso.
Me pregunta porqué vivo sin más vestimenta que un cinturón y muchos collares de semillas y flores. No entiendo lo que quiere y me enseña una plancha donde se refleja una muchacha como yo cuando me miro en el pozo de agua, con la cara pintada de achiote contra los insectos y el cabello negro azul revuelto con pomada de huito. Me dice que se llama espejo y que soy yo misma.
¡Es un milagro! ¡Me ha desdoblado y en la visión, hay otra como yo! ¡Le arranco la plancha con mi imagen y la arrojo al río! Me rodean amenazadores y tomo a uno por el cuello pero entre carcajadas me alejan y me quitan la lanza y mi cerbatana.
Sin más, presiento el peligro y salto por las lianas hacia arriba y voy volando de una rama a otra rodeada del barullo de los monos y chillidos de las aves en aquel laberinto verde donde será muy difícil que me sigan.
Llego al camino suave y sigo corriendo hasta la plaza. Debo contar a las mujeres que han llegado los dioses. Puede ser que mi madre me deje usar al que habla en nuestro idioma, si he llegado a ser bastante adulta como para procrear y tener un hijo de aquel ser que ha venido de la Luna.
No dije nada ese día pues estaban celebrando nuevas victorias con su cadena alucinante de ritos, y en esos trances cada una vive su propia soledad sin comentarla y no se puede hablar. Bajé al día siguiente cerca al río a contemplar a los dioses y no vi a aquel que luce cabellos de oro. Retrocedí y fui a mi escondite favorito que queda en la gruta llena de estalactitas que brillan de colores cuando entra por un rato un tímido rayo de sol. Parece un cuarto con diamantes y piedras preciosas, y son hilos que toman el color de la luz que reflejan.
Olfateo una presencia que no es nuestra. Asomándose por el agujero de la entrada veo al hijo del Sol que está arribando. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Me habrá seguido?
Estoy preparada con la flecha pronta sobre el arco y se acerca sin miedo y me sonríe. Parte la flecha y ensarto una serpiente cazadora cuya ponzoña produce la putrefacción de la carne y ocasiona la muerte en pocas horas. El dios no la había tomado en cuenta y me agradece.
Entonces, con esa voz melodiosa que subyuga, me relata la historia de Adaneva que amistó con la serpiente la cual le regaló manzanas; mientras habla pasa sus dedos por mis brazos y mis pechos y acaricia mi boca y mi cuello con un suave masaje que me va llenando de temblores.
En medio de la gruta misteriosa y mágica que es refugio de mis sueños más secretos, el hijo del Sol me recuesta en el suelo de arena y en medio de las tinieblas me posee con una violencia que no había jamás imaginado. Decidimos callar esta experiencia y encontrarnos una y otra vez muy a escondidas.
Hasta que una tarde nos amamos con una pasión tan desaforada que despertaba a los muertos. Había traído huevos de tortuga y nos embadurnamos hasta que se levantaron las sombras de la tarde y las moscas blancas y las hormigas voladoras se nos pegaron en el cuerpo.
Pasaron dos, tres días y no podía contar a nadie mi experiencia. En la ciudad las guerreras preparaban flechas muy alborotadas. El dios vivía eternamente atormentado por el deseo y nos entregamos a un delirio que nunca había figurado fuera así cuando escuchaba gemir a aquellas mujeres que robaban los varones más robustos, altos y de piel más clara, de los cuales tenían luego descendencia. También los hijos hombres que nacían en el reino Conorí eran enviados en balsas a la otra orilla donde los recogían en los pueblos río abajo.
Nunca había imaginado dicha semejante. Vivía para escabullirme y amar a ese dios que había llegado en una piragua desde el cielo aunque él protestara que venía más bien del reino de los cienos.
Sé que a veces me persigue Cara, la guardiana, transformada en pájaro Camunguí con espuelas en las alas. Seguramente quiere saber por dónde voy tan desaparecida y una tarde me siguió y nos dimos cuenta sólo cuando oí sus gritos y lamentos de mujer y no de ave. Uno de los dioses que tiene cicatrices en el rostro la había violentado en el sendero. Eso no podía ser y mi madre iba a vengarse de la afrenta pues si una no lo quiere, está prohibido; son las mujeres que deben elegir con quién tener su descendencia. Era diferente para mí y el hijo del dios Sol, pues yo lo deseaba con todas mis entrañas.
Me fui corriendo hasta llegar a la ciudad y recorrí los cinco grandes templos que relucían recubiertos con sus láminas de plata y sus ídolos de diosas que me observaban en silencio y con severidad. Cara llegó luego arrastrando los pies sucios, cochambrosa, andrajosa y maloliente.
Los tambores suenan a tormenta, se acercan los truenos que predicen lluvias. Yo traigo la plancha con mi imagen en las manos que el dios ha recogido del río y me ha entregado de regalo. Es algo que tiene vida propia, es mágico y hay que despertar su ánima. Se la daré a mi madre para que me perdone. Pero al llegar, en medio de la plaza, como premonición de una desgracia, un rayo ensordecedor cayó sobre el espejo que se convirtió en miles de ánimas de Naín. Encontré a la reina Conorí en el templo de la Luna, reunida con las más ancianas para pedir consejo sobre lo que hay que hacer con los recién bajados por el Arco Iris. La esperé mientras iba recogiendo los trozos de mi alma rotos y desparramados.
Al rato salió vestida de guerrera al poco tiempo e intuyo que se está preparando a dar batalla. Es un orgullo ser hija de ella y me impresiona su alta talla majestuosa y sus largos cabellos negros azulados con magnífica corona de oro en la cabeza. Nunca llegaré a ser una reina igual, tan valiente que da miedo. Antes que nada, es nuestra reina y me inclino cuando pasa. Lleva pectoral de oro y sus brazos cubiertos de pulseras gruesas que le dan fuerza para usar la lanza. Me contempla escrutándome y adivinando desventuras. Yo le ruego y le suplico que no maten a los dioses, pero ella es implacable. Le molesta mi debilidad porque como hija suya debo ser cruel y astuta, valiente, gallarda y orgullosa, pero yo lo amo. Quiero conocer su reino de los cielos o de los cienos como él lo llama, donde esté.
La reina no me deja explicar lo que yo siento y al ver el espejo hecho trizas en medio de la plaza me mira con indecible enojo, ira, indignación y se marcha adivinando, husmeando y farfullando, dejándome con una soledad inconmensurable y un amor resquebrajado.
Salen las guerreras con mi madre enfrente, vestidas con pieles de culebra, cabalgando sobre huanganas peludas y otros animales con hocico de zorro, orejas de búho y pezuñas de puma, entre gritos de papagayos y bullanga de los simios, armadas hasta los dientes de flechas, cerbatanas, arcos, piedras y lianas para destrozar cráneos masculinos.
Me entero por Cara, la mujer que ha sido violentada, que se quedará para cuidarme ya que mi madre se ha enterado de lo que ha sucedido con ella y sospecha de mis escapadas. Pero yo me escabullo y la dejo lavándose sus múltiples heridas porque se ha defendido como un jaguar enfurecido.
Quiero ir a escudriñar la batalla y me encuentro con el hijo del Sol en el sendero, sin que lo detengan pues no veo las vigías en sus puestos. Mi amado viste, él también, una armadura de plata de guerrero y trae una fina espada en una mano. Me coge por la cintura y me apremia.
“Amazona”, -me dice, porque así gusta llamarme y no Naín, -“ven conmigo.”
Yo lo sigo sin vacilar y me corazón retumba cuando veo aparecer el arco iris en el cielo. Es hora de partir, voy a irme yo también al reino de mi amado atravesando aquel pasaje remoto de exagerado misterio.
Desde lo alto vi morir uno a uno a los dioses venidos de la Luna en una gran piragua con velas al viento y aquel de las cicatrices se convirtió en una mancha de alquitrán. Nuestras diosas nunca mueren y tuve una desilusión que me llenó de espanto y de temor. Las guerreras del reino Conorí eran muchas y feroces; algunas cayeron pero su coraje me llenó de orgullo. Los hombres de Couynco se ensañaron desde la otra orilla para terminar con aquellos hombres blancos una tarde de tormenta. Cuando mi amado alzó su caña de metal, alcancé a ver a mi madre caer como un rayo traspasado de sol, en medio de la arena de la orilla donde duermen las tortugas, bajo la garúa de la tarde. Rodó su corona de reina invencible, rugió el jaguar, el tambor retumbó en las profundidades.
El espanto hizo que una sombra cruel se adueñara de mi fatal destino y al instante salté en el aire como un puma. Recogiendo el valor que se me había quedado dormido en las entrañas, grité de amargura y de dolor y con mi piedra filuda corté el cuello de mi amado hijo del Sol. Se me encogió el ánima y hasta los muertos abrieron los ojos para contemplarme. Siguió el chorro de sangre que no era roja sino de un color indefinido como fluido de muerte. Desde entonces lloro su desaparición pero sin remordimiento. Los restos de mi amante y de la reina Conorí fueron depuestos intactos bajo dos pirámides de piedra en lo más alto del reino que hoy es mío.
Nunca más podré llegar hasta la Luna, al reino de mi amado. Hdan muerto los dioses en la selva por ser débiles y frágiles, aquellos que llegaron con la lluvia de flores amarillas. Ya han pasado los años y ningún varón ha podido reemplazar a aquel dios, porque para mí es siempre un dios, en mi dolido corazón.
Crece el fruto de mi amor, Luna, de larga cabellera de oro y será, ella también, una guerrera como fue su abuela y como fue su padre. Hoy soy yo, Naín, la reina de la selva. Al río que trajo a los dioses le hemos puesto Amazonas, como me llamó mi amado.
Por este río a todo lo largo soy el terror en todo el valle. Huyen de mí los hombres pero me pagan tributo. En cambio aseguramos la defensa de sus poblaciones en caso de desastres o en batallas contra comunes enemigos.
Han llegado por el río otros hombres blancos atravesando la cordillera, pero no son dioses. Muchos son malvados y han traído enfermedades y pestes por lo que nuestras guerreras están muriendo de la misma enfermedad que se llevó a Cara y que ellos llaman de viruela. Pero aquí estoy yo, Naín, hija de Conorí, todavía nadie me ha vencido y cuando desfallezco, miro hacia la Luna y le pido a mi amado protección, valor y suerte.
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 16:09, Categoría: cuento
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APUNTES PARA UN DESCENSO
palabras que juegan su última baza
sentimientos que no vuelven
Ese volver a empezar
tan vacío
tan intemperie.
Funeral tan temido.
Desorden en los latidos
cuartos vacíos
tantas cosas
que ya
perdieron su importancia.
Detrás de un cuerpo
siempre
hay una historia.
Pero ya no quedan cuerpos
detrás de esta historia.
Sólo sueños rotos
y una noche
que dura demasiado.
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Por lobitogabriel - 28 de Octubre, 2005, 15:56, Categoría: poesia
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